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Cine y Literatura Infantil y Juvenil

Troya
por Gloria García Ribera

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La novela de Gisbert Haefs recrea el poema homérico y ambas obras han servido de referentes para la superproducción Troya de Wolfgang Petersen. Ante la avalancha mediática, la adaptación cinematográfica es un fenómeno que debe tenerse en cuenta.

La novela de Gisbert Haefs recrea el poema homérico La Ilíada y ambas han servido de referentes para la superproducción Troya de Wolfgang Petersen. Ciertamente, lo que une a la saga épica, la novela histórica y la película es compartir un mismo “imaginario”, aunque los contextos y los lenguajes sean tan diferentes que a veces no reconozcamos los mismos personajes, y, sobre todo, el mismo espíritu, en cada uno de estos discursos. No se discute, pues, desde una visión “purista” o restrictiva, cuál es mejor o peor, pero sí las distintas clases de lecturas que son privilegiadas, por eso se habla en este artículo de una visión plana, “minimalista”, que hace la película del mito, frente a una visión más amplia, geopolítica incluso, que trata de impregnar Haefs a su novela. Como decía H. Gunkel, el gran experto en leyendas de la Biblia, no hay que buscar la verdad exacta, pues el mito de lo que sirve no es de crónica erudita pero sí de “memoria poética” de las experiencias de la Humanidad. Bajo esta óptica, sí podemos juzgar qué obras (textos, discursos) tienen más “garra”, alcanzan una mayor densidad poética o saben penetrar mejor en el símbolo (cf. aproximaciones de la psicocrítica).

Desde el punto de vista de la literatura infantil y juvenil, no es un tema baladí, pues ya en la época griega los poemas homéricos se usaban como “ejemplos” y hoy sin duda, ante la avalancha mediática, la forma de presentar a Aquiles, o cómo y por qué actúa, es un ingrediente no anecdótico del filme. En ese sentido, profundizar y redescubrir la lectura de la épica (v.gr. los valores agonales y el código moral que los anima) es una forma de reivindicar a los clásicos y conectarlos con la literatura del siglo XXI, pues a diferencia de la fantasía pura o de la fantasía épica, al modo de El Señor de los Anillos, aquí no tenemos orcos o elfos sino personajes de ficción que sin embargo nos transportan a un marco real, y que, como ocurre hoy con la guerra de Irak, nos hablan de un conflicto entre una coalición occidental y una nación oriental.

No vamos a abordar en este artículo la naturaleza compleja de la novela histórica, objeto de controversia y análisis de distintos autores1, pero sí a realizar algunas incursiones sobre las repercusiones de algunos de estos aspectos en la selección de textos y promoción de la lectura; esto, en la utilización didáctica de obras que alcanzan cierta notoriedad, como ha sido la novela de Gisbert Haefs, Troya, sobre todo a través de su transposición al cine, en la espectacular superproducción de Wolfgang Petersen, protagonizada por Brad Pitt.

La novela Troya de Gisbert Haefs Gisbert Haefs ha recreado la saga homérica con una visión que busca la amplitud, es decir, enmarcar la peripecia personal en el cuadro más amplio de las relaciones económicas y políticas de la zona, de ahí la intervención de personajes babilonios, hititas, asirios, etc. En suma, Haefs amplía el contexto de la novela a todo el juego de relaciones con los distintos países de la época, en cuyo entramado se reescriben y cobran sentido las peripecias personales. Con ello aparecen de forma más panorámica todos los entresijos de la historia, la version anecdótica, el rapto de Helena, la más hermosa de la época, etc., y lo que se dirime en el fondo, la hegemonía en el comercio en el Egeo, pues Troya era puerto de paso de las mercancías del Mar Negro, como más tarde lo ha sido Estambul, y fin de rutas terrestres en la costa. Así pues, la intención del novelista nunca ha sido la de hacer una nueva versión del poema homérico. “No tiene ningún sentido contar por enésima vez algo que todo el mundo conoce si no hay nada nuevo que decir. Yo sólo quería explicar la guerra de Troya desde un punto de vista políticamente posible”, afirmó en una reciente entrevista. Y eso sólo se conseguía haciendo una fábula más compleja y omnicomprensiva, o sea, mostrando todos los elementos del mosaico para desmitificar el tópico de que ninguna guerra, ni siquiera la troyana, se ha hecho por culpa de una mujer. Y, en este caso, la lucha por el control de puntos estratégicos que controlaban el paso del Mar Egeo al Mar Negro parece ser el objeto real de la disputa. Sea como sea, Haefs construye su novela en esa zona nebulosa o encrucijada donde confluye historia, mito y leyenda, y él mismo, en su prólogo “Trasfondo histórico” explica las “licencias” que se ha permitido pero también el marco en el que él cree se desarrollaron los acontecimientos. De este modo, la epopeya alcanza esa dimensión paradigmática de que hablaba Eliade, es una historia que debe ser imitada, y que por tanto trasciende el detalle o el verismo. La cosmovisón agonal, esto es, el mundo de valores heroicos donde el “honor” (la areté clásica) se enmadeja con otras nociones propias, como la de botín u otras, es la mentalidad que no aparece demasiado en la versión cinematográfica, que secuestra la historia por causa del divismo de los actores.

Porque además de la areté, de la valentía, en el mundo agonístico entran en juego otras virtudes y conductas que sólo parcialmente refleja la película: la prudencia, la fortaleza y templanza en el dominio de la cólera, el sentido de la justicia, la obediencia a la voluntad de los dioses... De modo que el héroe es un compendio de virtudes y de defectos (“los pecados del héroe” de que hablaba Dumézil) que lo llevan de la cólera a la templanza, de la rudeza a la compasión, y en cuya síntesis de fuerza y sabiduría práctica se alcanza la perfección. Registros, en todo caso, que aparecen de forma bastante liviana en el filme. Así, la hybris, la desmesura, no es una simple “rabieta” o “ataque de cólera”, sino esa clase de desequilibrio que acarreaba el castigo de los dioses. En efecto, los actos de hybris desencadenan un castigo o restauración del orden moral por parte de los dioses, como cuando Aquiles ultraja el cadáver de Héctor o cuando Agamenón le despoja injustamente de su esclava Briseida. La moraleja es clara y trasciende la pura lectura anecdótica que vemos en la película: sobrepasar los límites sagrados exige alguna clase de expiación, pues no olvidemos que Paris lo que hace no es simplemente raptar a Elena sino violar todas las leyes sagradas de la hospitalidad. En una palabra, toda transgresión lleva a un castigo, la locura, el arrebato o la cólera son síntomas de estos desórdenes morales. De hecho, en La Ilíadalos dioses están siempre interviniendo, de un modo u otro (por ejemplo, Agamenón reconoce que fue Zeus quien le impulsó a quitarle le esclava a Aquiles) e igual que Homero invoca a la musa al arrancar el poema, cada acción tiene detrás las rivalidades de los dioses y las oscuras fuerzas que llevan a los distintos grados de locura que dominan a los personajes. Por otro lado, no olvidemos que la sociedad micénica, dividida en pequeños reinos expansionistas, es de por sí belicosa y práctica actividad a caballo entre el comercio y la piratería, de modo que la ida y venida de mujeres es parte del botín, como se ve en el episodio de Briseida, Aquiles y Agamenón. Pero, a la vez que este macrocuadro histórico y político, Haefs está preocupado por concebir la novela histórica donde los olores, las sensaciones o los objetos cotidianos ocupen su lugar. En cuanto a los aspectos discursivos, Haefs se sirve de distintos recursos que buscan la polifonía: narraciones como la del propio Ulises, cartas como la de Corinnos, cronista nieto de un troyano esclavizado, y otra serie de elementos, que dan riqueza y policromía a la narración. La función de esta multiplicidad es obvia: no se cuenta la historia sólo desde el punto de vista de los invasores aqueos, sino también desde las ópticas troyana, hitita y de las otras principales civilizaciones, como Egipto o Asiria, que plasman el conjunto histórico de la zona. Nada de esto aparecerá en la película, que se plantea en torno al binomio conflicto-solución, el origen del choque de las dos culturas y la sucesión de incidencias hasta el desenlace.

Por otra parte, se ha destacado que Haefs ha cultivado, además de novela histórica, relatos policiacos, de viajes, e incluso de ciencia ficción, y desde luego hay bastante de novela negra en las laberínticas incursiones que el autor lleva a cabo por la vida de distintos personajes y ambientes de la novela, y ésa es la modernidad que tiene la novela y no tiene la película, que al hurgar en las intenciones profundas de los conflictos habla del pasado y a la vez del presente, pues es fácil reconocer conductas y motivaciones de hoy en ese tapiz del pasado. En cambio, sobre guerras espectaculares y efectos especiales, es normal que el espectador prefiera, por ejemplo, El Señor de los Anillos, donde se puede dar rienda suelta a la imaginación o crear batallas donde intervengan figuras mitológicas, artefactos, etc.

El filme Troya de Wolfgang Petersen El género histórico está ligado a la historia del cine, y acuñó incluso nombres específicos, como el de “Peplum” para designar a ese cúmulo de películas ambientadas en la Antigüedad, y que el espectador rápidamente reconocía por su singular vestuario, como en Ben-Hur, Quo Vadis y tantas otras. Más recientemente, éxitos como Gladiator han puesto de moda el género, de cuyo tirón comercial se ha aprovechado nuestro filme, y que a su vez está incidiendo en la nueva versión que Oliver Stone está rodando en Tailandia sobre la vida de Alejandro Magno. De modo que con razón se ha dicho que Troya confirma una segunda edad dorada de este género del “Peplum”.

En cuanto al director de Troya, en su currículum están filmes tan notorios como La Tormenta Perfecta o Air Force One, es decir, que es un cineasta que domina los recursos del lenguaje cinematográfico y sabe manejar, pues, una superproducción que, como en este caso, trata de ofrecer alternativamente escenas de amor, batallas, intrigas y destrucción, o sea, los mismos ingredientes de cualquier best-seller. Además, el reparto, con actores como Brad Pitt, Orlando Bloom, Eric Banna, Peter O'Toole y Julie Christie, los más de 1.200 extras, la escenografía monumentalista y otra serie de elementos, dan ese perfil de superproducción ambiciosa, de mensaje estandarizado, que debe ser entendido por espectadores de cualquier parte del mundo. En todo caso, la película lleva a cabo una lectura minimalista, es decir, de líneas argumentales claras y simples, con pocos matices, subrayando el detalle caracterizador (v.gr. Héctor se disculpa ante Aquiles de haber matado a Patroclo por llevar su armadura) y lo banal, el cruce de caracteres opuestos y los episodios clave en clave moderna, como el rapto de Helena en lectura casi de Dante, es decir, como fruto únicamente de la lascivia, o el combate entre Aquiles y Héctor.

Hollywood, además, ha buscado sobre todo el star system y el glamour, es decir, crear una moda, como repercusión del merchandising del producto. Por eso, el cuidado del vestuario, a cargo de Bob Ringwood (el mismo de Inteligencia Artificial, Batman o la última entrega de Alien) ha rebasado el mero umbral de la documentación histórica (el British Museum ha sido el referente para los trajes clásicos) para convertirse en un lanzamiento de moda masculina al amparo del actor ídolo. En todo caso, la prosopografía épica poco tiene que ver con prosopografía fílmica, a pesar de estos esfuerzos, pues con razón se ha dicho que el afeitadísimo y aniñado Brad Pitt no encaja del todo con la figura ruda y vellosa con que siempre nos hemos imaginado a Aquiles. En todo caso, al novelista le parece la actuación del actor la de una figura “plana y cruel”, lo cual se relaciona con lo que antes dijimos de prestar atención a los “matices”, uno de los cuales es precisamente el hálito religioso que hay en muchas de las conductas, y que Hollywood omite o ignora o reduce a la caricatura, como en el caso de Casandra. Otro aspecto importante es el escaso reflejo del mundo femenino, pues una obra como Troya ha sido intencionadamente leída desde una perspectiva exclusivamente masculina. Bien es verdad que el mundo de la mujer aparece mejor reflejado en La Odiseaque en La Ilíada, pero en todo caso, aunque no tengamos una figura de la riqueza descriptiva de la Penélope de La Odisea, la película abunda en una lectura puramente masculina de los hechos, dejando al margen todo lo demás.

Conclusiones

La Ilíada consta de 24 cantos y empieza en el décimo año de la guerra, explicando los antecedentes y acabando no cuando es el fin de la guerra sino en la victoria de Aquiles. En cambio, la película no comienza “in medias res” sino que hace un recorrido lineal en el tiempo, es decir, siguiendo una cronología lógica, ajena desde luego al poema homérico, y es por eso que vemos primero a Aquiles y a los otros príncipes aqueos en su habitat, hasta que se desencadena el conflicto.

La insistencia en los estereotipos, al centrarse sólo en los rasgos más destacados de personajes centrales como Aquiles, Héctor o Príamo, junto con las escenas bélicas o los efectos especiales, nos indica que el director ha pretendido crear una versión “digerible” para el gran público, completa y cerrada en sí misma, hasta el punto de crear distorsiones como la de hacer que perezca Agamenón en la batalla cuando sabemos que murió a su regreso a Grecia, a manos de su esposa Clitemnestra. También el final de la película es bastante diferente, al estilo de Hollywood, incluyendo un final mucho más edulcorado, así como el engarce con el comienzo de La Eneida.

De modo que la conclusión se hace evidente: más que al propio Homero o a Haefs, la películaTroya parece deberle más al modelo de Gladiator. Con cierta razón el novelista ha dicho de la película: “Es fría y sin emoción. Además, Brad Pitt no me parece un buen actor, y entre todo el reparto sólo hay un par de ellos que merecen la pena. No funciona como película, no llega”. Pero lo más grave es que Haefs condena también el guión cinematográfico realizado por David Benioff: “Ningún personaje resulta y existen demasiadas contradicciones. Los criterios comerciales de la productora marcaron muchas de las decisiones: por ejemplo, omitieron unas escenas rodadas dentro del caballo con los soldados, porque aquello tenía que ser una sorpresa. ¿Pero puede aún quedar alguien que no sepa lo que es el caballo de Troya?”.

Visto con los ojos de hoy, la trama puede recordar a la guerra de Irak en el sentido de que se da un conflicto entre una coalición occidental y una nación oriental, pero así como la novela da toda clase de claves de época, en el filme todo se reduce a conductas humanas, a estereotipos, como los celos, el valor, la astucia, el afán de poder... representadas cada una por Agamenón, Menelao, Ulises y el resto del elenco. Con todo, la lectura políticamente correcta deja insinuar algunas contradicciones, que por cierto son más nuestras que del propio espíritu épico, así las ambiguas relaciones entre Aquiles y Patroclo, escamoteadas en la película pero que responden a una concepción del mundo griego en que la bisexualidad se daba por algo normal e incluso noble. Así pues, la epopeya fílmica destaca aspectos distintos que la novela de Haefs o el poema homérico.

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