Experiencias
La poesía en la Educación Secundaria
por Juan Antonio Cardete
Interesante experiencia de un profesor que ama la poesía y la hace amar a su alumnado a través de dinámicas motivadoras y atrayentes.
El primer contacto con la poesía para cualquier estudiante suele ser previo a la Educación Secundaria: en la familia (para los que tienen más suerte y pueden oír de sus abuelos canciones transmitidas oralmente o leer poemas con sus padres, hermanos...), en la calle con los juegos tradicionales, en la escuela, en la biblioteca curioseada, en el tesoro compartido entre amigos...
Pero ese primer contacto infantil suele generar un concepto de poesía que parece necesario renovar en Educación Secundaria: poesía que se apoya esencialmente en la rima, en la temática candorosa y en un lenguaje “cursi” (visto así muchas veces desde el punto de vista adolescente). Poesía que produce rechazo en gran parte del alumnado masculino (que se mueve en la delicada construcción de su imagen) y que queda relegada a un papel que no le corresponde.
En estas líneas intentamos compartir una experiencia de iniciación poética en Secundaria destinada a 3° ó 4° de ESO, para estudiantes de unos 14 a 16 años, y realizada en el curso 2002-2003 con dos grupos de 4º de ESO del IES “Antonio López” de Getafe. Se trata de una experiencia de escritura, de lectura y de educación para la sensibilidad.
Remato esta fase previa con una segunda acción: el deshielo de prejuicios sobre la poesía. Intento evidenciar que son falsos tres lastres fundamentales que ven muchos estudiantes de Secundaria en la poesía: la necesidad de rima, el tono cursi o acaramelado y el monotema amoroso.
El poema de cada día
Muchos acontecimientos cotidianos van consolidando valores entre los niños y adolescentes. Por ejemplo, la reiteración cotidiana del deporte fomenta la buena salud de muchos; la gota malaya de la frivolización de la vida privada de los demás exhibida por los medios construye también una visión del mundo peculiar. Así que, aunque sean muy duros oponentes los demás factores diarios, parece esencial convertir la poesía en algo cotidiano: poner un poema cada día en la vida de los estudiantes.
Es lógica la precaución inicial de cualquier docente ante esta propuesta que podría generar un efecto contrario al deseado. Pero esta es la comunicación de una experiencia llena de gozo por compartir sensaciones, ideas y sentimientos desde los versos de algún poeta.
Diariamente, durante el primer trimestre del curso 2002-2003, decidí iniciar cada clase con la lectura de un poema. Para crear un clima previo favorable a esta actividad, dediqué una clase entera a que los alumnos intentaran responder a la pregunta de por qué existe la poesía. De sus propias respuestas pudimos desentrañar en común la fuerza latente que guarda la poesía para cualquier persona como medio de expresión y descubrimiento.
El iniciar cada clase con un poema suponía seleccionar cada día una lectura que generase en cada clase nuevas actividades de creación, reflexión, análisis... Por ejemplo, al hilo de algunas movilizaciones estudiantiles, uno de los días comenzamos la clase con el poema atribuido a Bertold Brecht (aunque al parecer su autor es Martin Niemüller (1892-1984):
“Primero apresaron a los comunistas, y no dije nada porque yo no era un comunista. Luego se llevaron a los judíos, y no dije nada porque yo no era un judío.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era ni obrero ni sindicalista.
Luego se llevaron a los católicos, y no dije nada porque yo era protestante.
Hoy vinieron por mí, pero ya es demasiado tarde.”
Esta lectura motivó una reflexión escrita y una puesta en común sobre la actitud de cada uno ante la injusticia.
Otro día, el poema de José Agustín Goytisolo “Autobiografía”, que repite como terrible letanía el verso “no sirves para nada” fue un trampolín perfecto para fortalecer conceptos vitales.
Esta tarea de convertir la poesía en algo cotidiano, en costumbre de escucha activa, de apertura de la sensibilidad culminó su sentido cuando un alumno me propuso la posibilidad de traer él algún poema para leer. Ese día en que un alumno leía un poema a sus compañeros y el profesor escuchaba como ellos, se iluminaba toda una serie de esfuerzos de siembra que entonces florecían.
