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Experiencias

Teatro en la escuela, una experiencia que ilusiona
por José Manuel Fuentes Baños

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Desde siempre he sentido el teatro como algo mágico, y no ya sólo como género literario básico, juntamente con la narrativa y la lírica, sino como forma de expresión artística, como paradigma de la representación y como inigualable manera de contar historias. El teatro está vivo y lo está desde que los griegos nos lo legaron hace miles de años como forma máxima de la expresión en la literatura.

 

Hace muchos años que llevo haciendo teatro con mis alumnos en la escuela donde trabajo y cada vez que se representa alguna obra, acabo emocionándome como si fuera la primera vez. Es algo inevitable, que ni quiero ni puedo controlar, y cuando suenan los aplausos, agradeciendo a los pequeños actores su trabajo y su esfuerzo, siempre me digo lo mismo: Ha vuelto a salir bien, ha vuelto a funcionar. Y se me hace un nudo en la garganta viendo la alegría de los niños y niñas, mientras saludan y sonríen como si fueran actores de verdad en un teatro de verdad. Atrás quedan los temores lógicos, los nervios previos, el miedo escénico, que siempre afecta, y los ensayos y recomendaciones de última hora.

Desde siempre he sentido el teatro como algo mágico, y no ya sólo como género literario básico, juntamente con la narrativa y la lírica, sino como forma de expresión artística, como paradigma de la representación y como inigualable manera de contar historias. Aún recuerdo las obras que presencié siendo niño en mi pueblo y la ilusión con que las vivía en aquellos años de inocencia y sobre todo, pensar cómo podían ser capaces los actores de recordar lo que tenían de decir, de no equivocarse y hacer que lo viviera como algo real. Siempre fue algo que me subyugó. También recuerdo mi primera actuación sobre un escenario, representando una obra de Muñoz Seca, El trigémino, y cómo no, del miedo que pasé aquella noche, en la que todo salió bien, aunque mis compañeros y yo nunca fuéramos conscientes de ello.

 Con estos antecedentes, sustentados más en el recuerdo ilusionado que en la experiencia, pensé que el teatro podría ser una herramienta válida para trabajar en la escuela. El primer proyecto fue con alumnos de seis años y pronto me di cuenta de que no encontraba obras adecuadas ni a la edad ni a las necesidades y decidí escribirlas yo mismo, pensando en los alumnos que tenía y en sus capacidades iniciales. Así nació El chopo valiente y Un fantasma en la masía que no dejan de ser obritas menores, pensadas para niños pequeños y con un mensaje pedagógico adecuado a la edad.

 Pronto el proyecto caló en los pequeños y la ilusión de representar las obras ante sus familias y sus compañeros fue el acicate. Cuando llegó el día del estreno, la emoción de los alumnos se palpaba en el ambiente. Yo estaba tan nervioso o más que ellos. Sin embargo, en el silencio de la sala de teatro de la escuela y durante unos minutos, la magia de la representación y de transformación realizó el milagro. Los pequeños y pequeñas lo habían conseguido. No sólo se había logrado el objetivo final de una obra de teatro que es el de ser representada delante de un público, sino otros muchos que yo me había planteado como maestro y educador: trabajo en equipo, una manera diferente de contar una historia, trabajo individual ante el hecho de memorizar un papel, responsabilidad personal ante un proyecto común, superación de miedos y temores a hacer el ridículo en público y por qué no, enseñar algo a los demás y vivir y aproximarse a una nueva forma de expresión artística.

En años sucesivos, seguí con el proyecto y poco a poco fue aumentando el número de obras según las necesidades y las edades de los alumnos. Así nacieron algunas obras de carácter detectivesco o de cierta intriga, pero siempre o casi siempre obras escritas o preparadas a partir de los alumnos y alumnas que las habían de vivir y representar. Algo así como si el teatro estuviera al servicio de los actores y no al revés. Se podría decir que, en la mayoría de los casos, eran obras dedicadas y que incluso los personajes llevaban el nombre de los propios alumnos como en el caso de Una fiesta con suspense preparada para alumnos de ciclo superior o El rey del turrón dedicada a un alumno como premio a su motivación y esfuerzo. A veces, se volvían a representar obras ya estrenadas a las que se les añadían personajes para cubrir las necesidades del momento y del número de alumnos.

Curiosamente y ante mi sorpresa, en algunas ocasiones se daba la circunstancia de que los alumnos aparentemente menos capacitados escogían los papeles más difíciles y curiosamente también, solían llevarlos a buen término. Lo que me ha demostrado y me sigue demostrando que la uniformidad de los contenidos que normalmente ofrece la escuela pueden ser válidos e interesantes para unos e inadecuados para otros, bien porque tengan otros intereses o porque no se les haya sabido motivar de la manera más adecuada. Pero sin duda éste es otro problema. Con el tiempo y con la llegada de Internet, pensé que lo que yo estaba haciendo, y más en concreto las obras que había escrito para mis alumnos, podían servir para que otras personas las utilizaran, y así fue como decidí colgar mi página en la red y ofrecer mi pequeña y humilde aportación a quien tuviera a bien utilizarla.

He de decir con satisfacción que son muchos los maestros y profesores que me han pedido obras para representar con sus alumnos, sobre todo de países sudamericanos. Probablemente en estos momentos en alguna escuela de México, Argentina, Bolivia, Perú o Chile un grupo de alumnos estén preparando la representación de El caso del libro que tenía las hojas en blanco o de otra obra y ello, sin dejar de sorprenderme, me sigue produciendo una ilusión parecida a la que siento cuando mis alumnos la representan en mi colegio.

El teatro está vivo y lo está desde que los griegos nos lo legaron hace miles de años como forma máxima de la expresión en la literatura. Habrán cambiado los escenarios, habrá cambiado la manera de interpretar, habrán cambiado los temas y las historias que se cuentan, pero la magia, la comunicación y la comunión entre actores y público sigue viva y eso es lo que hace que el teatro sea eterno y universal.

A finales de mayo, seguro que se me volverá a poner un nudo en la garganta cuando mis alumnos representen las obras que están preparando en su tiempo libre, pero estoy convencido de que volverá a salir bien, como siempre, y ellos y yo habremos vuelto a vivir un sueño, porque el teatro es también sueño y fantasía y sobre todo, magia. Y esa tarde, una vez más, hasta pensaremos que hemos hecho algo grande e importante.

José Manuel Fuentes Baños es maestro y periodista.

La página web con las obras de teatro es:
www.humano.ya.com/durrutivillegas
(durrutivillegas@mixmail.com)

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