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Experiencias

Leer y entender con los cinco sentidos
por Débora Chomski

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En un artículo anterior presenté parte de una experiencia en bibliotecas escolares en las que el factor  emocional juega un papel definitorio en el acercamiento a los textos. En éste  me centro en las posibilidades de mejoramiento en la lectura y la comprensión que da una lectura multisensorial. Por razones de espacio, propongo en este texto una aproximación a la lectura desde el tacto y el olfato.

Primer movimiento

El tacto y la lectura

Para algunos escritores, el que no palpa los libros nunca llega a amarlos. Esto es: los libros pueden ser tratados como hojas conjuntadas, como juguetes de papel que nos sorprenden o,  como objetos contundentes para arrojar directamente a la cabeza.

Para otros, entre quienes me incluyo, los libros son algo más que libros: son materia casi orgánica, cargada de sueños. Entonces, cuando acariciamos estos objetos soñamos largamente. Palparlos, nos  produce un placer que se desencadena desde las yemas de los dedos hasta nuestra inteligencia. 

Quienes leen con el tacto se figuran los ambientes, los objetos y los personajes como algo que se puede modelar como una arcilla y que se siente, de manera superficial y también profunda. Es como una  música que se arranca sin ver las notas que se van tocando pero que nos hace vibrar hasta  el alma.

El sentido del tacto es muy importante. Compensa el déficit de otros sentidos, como la vista y en parte, el gusto, ya que a ciertas edades prima más la textura que lo que saben las cosas. Si no ¡cómo se explican los casos de los niños comedores de objetos metálifocos y porqué no, de libros! 

Por eso, no es lo mismo leer mientras se puede tocar lo leído que poder representarlo a través del cuerpo y los gestos. O directamente sentirlo a través de sensaciones de cosquilleo, vibración, roce, presión, calor, etc.  Y estas sensaciones, delicadas y agradables los niños las tienen a flor de piel.

La clave, como educadores es motivarlas a través de palabras o de objetos asociados que los ayuden a promover sensaciones físicas. Por ejemplo, mientras leemos con un grupo de niños me gusta proponer que cada cual acaricie durante la lectura pequeños trocitos de esponjas naturales, plumas, telas o algodones, gotitas de agua, o algodones. Estos objetos, tan cotidianos, despiertan las sensaciones a flor de piel y los conectan con la materialidad de lo que se está leyendo. Y esta experiencia los ayuda a imaginar  de otra manera lo que están leyendo. 

Otra experiencia sensorial fascinante, que da mucho juego en la lectura y la comprensión a través de los sentidos es el teatro para ciegos. En Buenos Aires tuve la posibilidad de participar en una función, que se desarrollaba a oscuras, donde los espectadores teníamos los ojos vendados y todo lo percibíamos a través del tacto, las sensaciones corporales asociadas y los oídos. Desde esta perspectiva, y para los jóvenes a partir de los doce o trece años, recomiendo transformar un cuento o un fragmento de una novela en una dramatización que deba ser representada leída y sentida a oscuras, lo cual implica introducir sonidos y otros distintos estímulos sensoriales.

El olfato y la lectura

El olfato es uno de los sentidos menos apreciados en el trabajo lector. Cuando leemos tenemos que aprender a descubrir el olor que irradian las palabras. En general, la literatura suele ser rica en imágenes visuales y olfativas, pero poco se ha estudiado sobre la capacidad de detectar sus matices más variados y distinguirlos. Y cuando tenemos una nariz para los olores de las palabras, somos capaces de inventar olores, recrear olores antiguos o tolerar olores bien desconocidos.

El olor, como la música, es también una vibración y en cuanto tal, es revelador de las personas y las cosas. Pues las cosas y las personas se sienten, se huelen y nos generan buenas o malas vibraciones.

Tener un buen olfato de los libros y durante la lectura es como saber catar vinos. Primero, la nariz define si los queremos. Luego nos aproximamos por esas primeras sensaciones que nos despiertan las palabras y finalmente, degustamos de pleno los textos. Este proceso es un aprendizaje, que puede durar toda la vida.

Desde un punto de vista más concreto, aunque los niños de cierta edad están familiarizados con Jerónimo Stilton y sus libros con olores, puede ayudarnos, para una primera fase de enseñar a leer desde el olfato, reproducir la estrategia que dio éxito al libro: perfumar hojas o partes de libros para que los niños se familiaricen con ellos o los identifiquen con determinadas palabras o historias.

Una de mis experiencias, en los talleres de lectura, es jugar a identificar el olor de los libros según donde estén ubicados (rincones húmedos, jardines o espacios abiertos), según la materia que traten (historia, lengua, ciencias naturales) o según los colores y las formas de las letras. Otra posibilidad es buscar elementos de la naturaleza como hojas, ramas, trocitos de madera, frutas o flores, desecarlos o hacer con ellos perfumes caseros y perfumar libros para que al abrirlos y leerlos también los podamos sentir.

Otra de las sugerencias es leer los libros de imágenes, como por ejemplo, La Ola (2007) de Suzy Lee (publicado por Bárbara Fiore), sin prestar atención al juego de las imágenes que propone el texto sino más a partir de los olores que propician o se asocian con los dibujos.

En este juego con los sentidos sugiero a los niños mayores raspar las palabras, recitándolas varias veces, estrujarlas para sacarles el jugo y la esencia, y crear “poemas oloros” es decir, pequeñas creaciones rítmicas, que asocien los sonidos de las palabras con olores conocidos o imaginarios, o con perfumes naturales, como los de la manzana, la canela y el limón o inventados por perfumistas.

(Continuará)

Este texto forma parte del material del curso “En la diversidad está la clave. Aprender con los cinco sentidos” que dictará durante el mes de julio del 2010 en la Escuela de Expresión y Psicomotricidad Carme Aymerich de la Secretaría de Educación del Ayuntamiento de Barcelona.

 * Débora Chomski es semióloga, escritora y formadora de formadores. Ha coordinado el proyecto Los niños y las Bibliotecas Públicas en la Secretaria de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.

©Débora Chomski 2010.

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