Experiencias
Una lección de Historia
Rosa Illa
La escritora Rosa Illa nos expone una experiencia llevada a cabo con el alumnado del colegio La Inmaculada de las Madres Escolapias.
Alejandro de Macedonia fue en mis años escolares una lección de historia más y más superficial y escueta que otras que hablaban de grandes imperios y de reyes piadosos convertidos en Santos, ya que griegos poseían costumbres licenciosas y además tenían el pernicioso vicio de pensar, por lo tanto más valía pasar de puntillas, como aquel que no quiere la cosa.
Muchos años después, buscaba en una pequeña librería algo para distraer el ocio de las tardes de verano, -sin muchas complicaciones, dije yo-. Me aconsejaron amablemente El Muchacho Persa. Aquí mi vida dio un vuelco, quise saber más. Estuve dos años leyendo sobre Alejandro y cuando cumplí 50 años, como si fuera una estrella de rock, mis hijos me obsequiaron con un viaje a Paris. Allí una nubosa mañana de invierno (de aquellas que hacen expresamente para esta ciudad), me encontré junto a dos soberbias columnas con el Hermes de Azara, sonreí, Alejandro no mudó su rostro inmortal, pero nos hicimos una fotografía juntos.
Seguí con mis lecturas, sintiéndome feliz, porqué de este modo contribuía a que la estrella de Alejandro continuase brillando a salvo del olvido y el polvo que a veces acumulan las estanterías de los libros históricos, o de los fríos métodos científicos que personas estudiosas y sabias aplican prudentemente a sus personajes.
Pensé que la personalidad de Alejandro Magno era rabiosamente actual y necesaria. Las ansias de superación, el esfuerzo en los estudios, su amor por la naturaleza, por el arte, el afán de expandir su propia cultura que él consideraba superior y llevarla hasta los confines de la tierra pero respetando las religiones y las creencias de todos los pueblos, sus dioses y costumbres, teniendo por compañero inseparable un libro, La Ilíada, en el que encontraba, consuelo, inspiración y aliciente en la búsqueda de una grandeza de vida y espíritu. No era alguien idealizado, era humano, tremendamente humano, aunque su madre, la reina Olimpia defendía su origen casi divino y en algunas ocasiones el propio Alejandro gustaba de ser amado como un dios. Pensé que nuestros niños y jóvenes acostumbrados a héroes prefabricados, a la cultura del mínimo esfuerzo y que cualquier nimiedad o cutrerío se ensalce a los cuatro vientos con más bombo que en Calanda la Semana de Pasión, tendrían un aliado y un amigo en el Principe de Macedonia.
Me puse a escribir con seguridad, con la seguridad que da el saber lo que quieres decir y fui con "mi" príncipe en la carpeta en busca de un ilustrador. Yo venia de Grecia y el ilustrador era fenicio, un fenicio adorable, debo confesar y guapísimo, con un gran talento. Vio mi historia, le gustó –dijo-, pero no se sintió motivado, no veía cómo ni de que manera podía plasmarla adecuadamente. Le presté libros, fotografías, para tener donde documentarse y al cabo de casi dos años de paciente espera con toda educación y gentileza me devolvió el guión; le faltaba el flash. Quizá, tratándose de un fenicio, hubiese ayudado un cheque con algunos ceros.
Pero el flash lo tuve yo. Me acordé del delicioso cuento que Núria, mi hija pequeña había escrito y dibujado. Si contaba la historia de un niño ¿por qué no probar que la ilustrasen otros niños?
Fue una experiencia indescriptible, durante un trimestre un grupo de 25 niños de 5º de Primaria escucharon en clase mi narración y al final fueron invitados a hacer un dibujo sobre la misma, aparecieron, reinas, estrellas, pirámides, castillos, príncipes a caballo, hasta una biblioteca.
La Librería Robafaves de Mataró (Barcelona) nos ofreció la posibilidad de exponer los dibujos y un artista, que no era fenicio, aportó las esculturas, un torso, un joven a caballo, un libro....
A mediados de otoño pusieron a nuestra disposición un pabellón en el jardín de su establecimiento con las paredes cubiertas de hiedra y de falsa parra de color dorado y rojo y un surtidor con un evocador murmullo de agua. En nombre de Alejandro, hice una pequeña ofrenda a las ninfas para invocar su protección.
Apagamos las luces y encendimos velas a la entrada del pequeño espacio inspirado en los templetes neoclásicos, que ayudó a transportarnos en el tiempo hasta Pella. Una actriz acompañada de una violoncelista contó la historia del Príncipe de las Bibliotecas. El príncipe brilló a los ojos de los niños, sabían que a pesar de sus pocos años habían hecho realidad el sueño de Alejandro, que alguien dijera en voz alta su nombre. Sus dibujos han ilustrado ese sueño. Y el mío.
