Hablemos de...
El cuento
Gabriel Urtarruz
Intentar ser original para definir lo que es el cuento es algo prácticamente imposible hoy en día ya que se deben contar por cientos las definiciones que de este género literario se han debido de dar. Más bien podríamos decir que el cuento es un género indefinible, una especie de camino narrativo por el que nos paseamos para ver desfilar la Historia de la Humanidad y en la que se impone desde un principio la tradición oral. Puede que sea éste uno de los motivos por los que el cuento está considerado como el género literario más antiguo y es que, a través de él, siempre se ha querido dar una moralina lo que ha hecho que sea una herramienta educativa porque el cuento nos permite explorar, comparar, reflexionar, secuenciar, plantear hipótesis, relacionar...
En el cuento infantil clásico los personajes son siempre príncipes buenos y valientes, brujas o madrastras malas y feas, monstruos terribles y extremados, princesas rubias y buenas o enanitos simpáticos y divertidos.
Los cuentos clásicos no pasan y perduran porque son claros y contundentes. Los valores que en ellos aparecen son siempre relevantes: la fuerza, la belleza, la bondad, el amor. Además son fáciles de entender porque tienen pocos personajes y presentan aspectos implícitos que concuerdan muy bien con mentalidades simplistas muy a tono con aquellos albores de la Humanidad en los que la magia, la lucha por superarse o los enfrentamientos frente a las adversidades formaban parte de la vida del hombre y dejaron obras literarias de la categoría de una Odisea que con argumento de cuento se convierte en epopeya.
Hoy en día esta visión del cuento ha cambiado y la inmensa mayoría de los cuentos que se escriben van hacia la brevedad y la concisión o lo que es lo mismo a la precisión, de ahí que hoy se hable de cuento corto, minificción, microcuento o microficción, sin embargo hay unos rasgos que se han mantenido a lo largo de los siglos, son las cuatro condiciones que Armando Epple considera como básicas: brevedad, singularidad temática, tensión e intensidad. Podemos estar de acuerdo o no con esta propuesta y tal vez sólo una de las condiciones pueda ser sometida a discusión: la singularidad temática de la que se puede decir que en muchos cuentos infantiles clásicos no se da, sino que gran parte de ellos sigue un patrón temático; pero las otras tres son aplicables a todos los cuentos del mundo cualquiera que sea su extensión. Y será sobre todo la invención literaria la que nos permita reconocer a un cuento.
No será hasta la Edad Media cuando se empiecen a diferenciar las variables narrativas que posteriormente darán lugar a la novela. Antes se hablaba de mitos, leyendas, fábulas, parábolas... Hoy el cuento mezcla realidad con ficción, se reescriben las viejas mitologías y se tiende a mezclar personas verdaderas con personajes apócrifos.
El problema que ha tenido el cuento es que, como dijo Juan Valera en el siglo pasado: “Habiendo sido el cuento el empezar de las literaturas, y empezando el ingenio por componer cuentos, bien puede afirmarse que el cuento es el último género literario que vino a escribirse” ¿Por qué de esta afirmación? Es evidente que antes del siglo XIX el cuento se escribía sin la plena conciencia de su valor literario y aunque hubo muy buenos cuentistas, lo fueron a manera individual y en realidad fueron muy pocos y de ahí lo que expone Valera.
Así pues vemos que el cuento es el género literario más antiguo y a la vez más moderno y el que mayor vitalidad tiene y la razón de ello es que el hombre siempre contará lo que le pasa y siempre se interesará por lo que le cuenten con la condición de que esté bien contado. En el acto narrativo del cuento sea éste oral u escrito, siempre hay un narrador que monologa y un oyente o lector que presta toda su atención y que se entrega al encanto y la atracción de la historia que se narra.
Si nos fijamos en los cuentos clásicos infantiles vemos el absurdo en todos ellos, son acopios de falsas noticias acerca de un personaje que no existe, que ha desaparecido y sin embargo atraen el interés por ese mismo motivo: lo irreal, lo fantástico, la tensión ... son mentiras encarnadas en realidades, mentiras que muchas veces van envueltas en una cierta mirada poética del mundo. Un buen cuento, para serlo ha de saber tocar alguna fibra sensible del oyente o del lector, por eso los mejores cuentos de la literatura universal dependieron y dependen de la emoción que sean capaces de transmitir a quien los escucha o quien los lee. Un cuento ha de impactar, llegar al corazón, ha de crear en el receptor la sensación de que aunque sea fantástico, lo que pasa, le podría pasar al que lo está oyendo o leyendo.
De esta manera el buen cuento crea una empatía y por eso los niños se identifican totalmente con los cuentos, los viven, son inolvidables y perduran a través de los siglos. Cuando decimos de un cuento que es clásico es porque ha pervivido a lo largo de diferentes generaciones y diferentes culturas lo han aceptado. Seguramente dentro de muchos años El Aleph de Borges será tan universal como La lechera o Caperucita Roja, con todas las diferencias que hay entre uno y otros. Y es que todo cuento contiene una concepción del mundo.
No sería justo acabar este artículo sin mencionar a uno de los grandes de nuestro siglo en el arte del cuento infantil, Gianni Rodari. En su investigación sobre este género, llega a la conclusión del poder del cuento como estimulardor de la imaginación infantil y por eso él, además de escribirlos, diseñó toda una serie de estrategias para favorecer la creación de cuentos por parte de los niños. Nos dice en su famosa “Gramática de la Fantasía”:
“...Lo que yo estoy haciendo es investigar las “constantes de los mecanismos fantásticos, las leyes poco estudiadas aún de la invención, para hacerlas accesibles a todos. Insisto que, si bien el Romanticismo lo rodeó de misterio y creo en su entorno una especie de culto, el proceso creativo está presente en la naturaleza humana y, con toda la felicidad que comporta el poder expresarse y poder jugar con la fantasía, está al alcance de todos".
