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Fernán Caballero y las Literatura Infantil
por María Luisa Pérez Bernardo

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Cecilia Böhl de Faber, más conocida por su seudónimo masculino, Fernán Caballero (1796-1877), nació en Suiza y se educó en un pensionado católico francés en la ciudad de Hamburgo (Alemania).

Además de por sus novelas, también es universalmente conocida por sus numerosos cuentos, que ella misma había oído de labios de aparceros, amas, e incluso de los niños. De esta manera, la labor de la escritora fue la de recoger tradiciones populares, considerando las distintas expresiones de la poesía popular: baladas y romances, como una manifestación del “genio” o “espíritu del pueblo español”. Por medio de este trabajo, la escritora desempeñaba en España la misma función que los hermanos Grimm en Alemania, recopilar cuentos patrios conservados en la tradición oral para luego referírselos a los niños. Siguiendo el modelo de Jacob y Wilhelm Grimm en Cuentos para la infancia y el hogar (1812-1822), Fernán Caballero dividió sus colecciones en dos volúmenes: los Volksmärchen, cuentos populares y los Kindermärchen, cuentos infantiles.

En la época en la que Fernán Caballero comenzó a escribir, a partir de 1822, la literatura infantil no tenía ningún mérito, apenas poseía consideración e incluso era minusvalorada por muchos escritores consagrados en el mundo de las letras. El valor de esta escritora está en haber recuperado estos escritos, elevando este tipo de literatura a un lugar privilegiado. Para Fernán Caballero, la literatura para los pequeños aparte de una auténtica y alta creación poética, que representaba una parte esencial de la expresión cultural y el pensamiento de la nación, era también una ayuda poderosa para la formación ética y moral del niño.

En Cuentos, oraciones, adivinas y refranes populares e infantiles, la intención de Fernán Caballero era la de dar a luz creaciones dedicadas principalmente a los más pequeños. Parece ser que la escritora siempre se encontró muy atraída por el mundo de la infancia, en especial, le interesaban todos los géneros que éstos cultivaban: juegos, adivinanzas, canciones, cuentos folclóricos, de animales y de encantamiento. Como bien ha perfilado Montserrat Amores, la escritora se interesó por la educación de los niños, y en algunas de las obras, se inscriben expresiones dedicadas a este público, pensando en la formación moral de los más pequeños. Durante muchos años publicó en una revista exclusivamente para éstos, en La Educación Pintoresca, (1857-1859) enviando ejemplos, poesías, enigmas, oraciones y artículos especialmente escritos para el público infantil. Incluso llegó a escribir La mitología contada a los niños e historia de los grandes hombres de la Grecia (1867), con el fin de dar a conocer a los más jóvenes un mundo que para la mayoría era desconocido: los sabios, legisladores, filósofos, poetas, guerreros y mitos griegos.

Los cuentos infantiles de Fernán Caballero

Los Cuentos, oraciones, adivinanzas y refranes populares e infantiles (1874) constan de treinta y seis cuentos, de los cuales veintiuno corresponden a los denominados “Cuentos de encantamiento”. Son infantiles, en los que se mezclan los elementos maravillosos y sobrenaturales con otros extraídos de la realidad. Fernán recoge todas estas historias tradicionales de boca de la gente del pueblo, y al transcribirlos, procura mantenerlos en su forma original (modismos, refranes, tópicos, expresiones pintorescas), sin embargo, los depura de posibles vulgarismos y graves incorrecciones lingüísticas. Efectivamente, lo que más particulariza a esta colección, es el estilo y la lengua utilizada, debido en parte, al público que va dirigido todo este material, es decir, al infantil. Para la escritora, el lenguaje para los niños debía de ser natural, sencillo y breve, de fácil comprensión, sin que se tuviera que trivializar o simplificar su significado. Los textos debían de estar depurados de todo tipo de dificultades, tanto idiomáticas como semánticas, que podían desorientar en el proceso de la lectura. En el prólogo a las Adivinas infantiles, Fernán Caballero resalta la sencillez que caracteriza a su obra:

En estas adivinas infantiles no se espere ni la exactitud ni lo correcto en la composición, ni aún lo ingenioso del pensamiento (aunque en varios de ellos se encuentran estas circunstancias). Para nosotros estriba su mérito en el bonísimo modo de calificar y nombrar las cosas con palabras y clasificaciones que inventan, en las que no deja de haber algo de ingenio y poesía. Su misma incorrección es una prueba, la más evidente, de que son compuestas para ellos. Hay cosas que, analizadas, son disparates y sentidos, gracias, cosas a cuyo encuentro va la simpatía, cosas que son nimias y pueriles, que si no fuesen dejarían de ser infantiles.

Otro de los recursos de los que con frecuencia se vale la escritora para reflejar el mundo infantil es el uso de diminutivos. La connotación de carácter subjetivo que despierta la aparición de este recurso inclina al receptor hacia la emoción y la ternura, características propias de los más pequeños. Así, generalmente, los protagonistas de los cuentos siempre son nombrados mediante este recurso, e incluso se utilizan adjetivos en este grado para destacar quien es el personaje bueno del cuento: el viejecito en “La niña de los tres maridos”, las hormiguitas, pececitos y el caballito que son los ayudantes del protagonista de “Bella-Flor”. También la escritora hace uso de las descripciones, no sólo para destacar las cualidades de los protagonistas, sino con la intención de despertar ciertas emociones en los más pequeños. Así en el cuento “La oreja de Lucifer” se describe con toda exactitud el camino que tiene que pasar el héroe, con el fin de despertar el horror del lector y, al mimo tiempo, exaltar el valor del muchacho:

Asimismo es relevante que son los niños los que protagonizan la mayoría de los cuentos, como ocurre en las narraciones de los hermanos Grimm. Estos muchachos que aparecen en “El pájaro de la verdad”, “La niña de los tres maridos”, “Los dos caminitos” o “El lirio azul” se comportan como adultos, realizan los mismos oficios que ellos, actúan con el mismo grado de inteligencia y madurez, y, en la mayoría de los casos, responden al modelo de niño ejemplar: “obediente con sus padres, respetuoso con los mayores, generoso con el dinero, estudioso y caritativo con los desposeídos”.

Pero sobre todo, lo que más preocupaba a Fernán Caballero, era el aspecto moral que se debía inferir de la literatura infantil, ya que para ella, ésta no sólo debía deleitar a los más pequeños, sino también instruir. Para la escritora, cada una de las narraciones tenía que trasmitir al lector una idea aleccionadora para su futuro comportamiento. En casi todos los relatos, logra esta ejemplaridad y enseñanza moral mediante el maniqueísmo común que muchas veces existe en los cuentos. En estos relatos se narra la historia de un héroe bondadoso, que vive una serie de aventuras y desdichas, víctimas de unos personajes malvados, de los que, al fin, podrán liberarse gracias a la aparición del bueno, que colmará las ansias de ensoñada felicidad del desventurado joven, al tiempo que triunfarán los ideales del bien y de la justicia. En los cuentos, adquieren especial relevancia las descripciones de ambientes y espacios, los personajes son sometidos a un tratamiento esquemático, se amplía y se complica desmesuradamente la trama y se explotan los aspectos emotivos y sentimentales para responder a los gustos y expectativas del público, especialmente de los niños.

Entre los temas que más le interesan a Fernán Caballero está el fantástico. La mayoría de sus cuentos se basan en aspectos mágicos, misteriosos, e incluso a la hora de clasificarlos, dedica un apartado cuantioso a los cuentos de encantamiento, siendo estos sus mejores aciertos literarios. La escritora sabía que las joyas más codiciadas para los niños eran los cuentos maravillosos, narraciones donde los animales hablan, los castillos se encuentran encantados y donde existen magos y hadas. Para ella, la fantasía pretendía desarrollar la imaginación infantil, para que, con el distanciamiento que proporciona el género, se pudieran entender mejor la cotidianidad o fantasear sobre ella. La actividad lúdica de los niños, como la fantasía y la invención, era una de las fuentes esenciales que le permitían reafirmar su identidad tanto de manera colectiva como individual. El mundo de la imaginación era así una válvula de escape y constituía un motor que permitía rectificar la realidad insatisfecha a través de los sueños. De aquí que los Cuentos de encantamiento sigan su propio modelo y métodos, todos al servicio de un doble prisma: la moralidad católica y el sentimentalismo idealizado de lo pintoresco. En éstos, las hadas, ondinas, varitas mágicas, seres poderosos serán los encargados de recompensar los actos buenos, mientras que los demonios y brujas serán los que induzcan a los personajes al mal.

Conclusión

Recopilando cuanto se ha dicho, puede afirmarse sin lugar a dudas que, con Fernán Caballero entra en la historia literaria española una gran creadora de cuentos y relatos breves, una de las coleccionistas y estudiosas del folclore español, y sobre todo, puede considerarse a la escritora como una de las iniciadoras de la literatura infantil. Al igual que sus predecesores románticos: los hermanos Grimm en Alemania, Perrault en Francia y Andersen en Dinamarca, la escritora dio un gran impulso a este género, menospreciado e ignorado en España a comienzos del siglo XIX, época en la que ella comenzó a recopilar todo ese material folclórico para niños. En la mayoría de estos cuentos se aprecia el estilo particular de la escritora, son narraciones con un propósito didáctico y moral, donde los protagonistas son en la mayoría de los casos niños, que o bien son bondadosos, piadosos y caritativos, o son maliciosos, rudos o ariscos. En todo caso, al final de la trama los personajes buenos serán recompensados, mientras que los malos se verán castigados.

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